Nadie duda de que Artemisia Gentileschi liberó con el pincel su drama personal, especialmente la violación sufrida por parte de un amigo de su padre, en las diversas versiones que pintó de la recurrente historia bíblica de Judith degollando al general asirio Holofernes, en presencia de su sirvienta Abra. Resulta difícil identificar el tono de esos cuadros o de los desnudos con una mirada que no sea la de una mujer. En el museo Maillol de París, en la calle Grenelle, la de Balzac y Musset, las mujeres se agolpan en la cola para ver la obra de Artemisia en la víspera electoral.
Sucede en Francia lo que en otros países europeos: las mujeres sacan la cabeza cuando dejan de estar sometidas a un régimen lluvioso. Se interesan por otras cuando estas ocupan los primeros espacios de la escena cultural, en este caso, pero también en la política. En la cola del museo, según han mostrado luego los institutos de sondeos, había más votantes de Marine Le Pen de las esperadas. Por primera vez, Marianne, uno de los símbolos de la República, podía adoptar el rostro de la líder del Frente Nacional. El dique cedió precisamente en el electorado que, hasta el pasado día 22, no había entrado en el juego de la formación ultraderechista. Una de cada cinco mujeres (18%) votó por esa política, de 43 años, madre de tres hijos y divorciada, cuyos propósitos nada feministas habían espantado al electorado femenino. En el 2002, Jean-Marie Le Pen no hubiera podido sustanciar su épater les bourgeois al pasar a la segunda vuelta si solo se hubiera tenido en cuenta el voto femenino.
Solo una mujer ha interpretado en voz alta ese voto. Se trata de la socialista Ségolène Royal, que en el 2007 entró en el Olimpo de las primeras y rivalizó en la segunda vuelta, a pesar de las zancadillas, muchas de ellas machistas, de sus compañeros de partido. «Una parte de este electorado femenino pauperizado afirma entender lo que dice Le Pen. Son mujeres solas con sus hijos, que sufren más la inseguridad, jubiladas con pequeñas pensiones y asalariadas en precario que han sucumbido al miedo al mañana. Piden que se ocupen de ellas», dijo. Esa es la radiografía de los números leídos en clave de género. A pesar de que los códigos de representación simbólica que asocian el poder político máximo a la masculinidad marcan aún la elección femenina de la papeleta de voto, las francesas empiezan a dar muestras de su conciencia particular. Buscan. El avance es tímido, pero existe. El voto a Le Pen expresa por primera vez su protesta directa contra el deterioro de su situación económica y el símbolo, como pilar real de la sociedad, de una falta de esperanza en el futuro.
Ellas son el 80% de las personas receptoras del Smic, el salario mínimo; el paro entre las mayores de 50 años aumentó el 16% en el 2011, y el programa estrella de Sarkozy de la dependencia –cuyas beneficiarias son las féminas– se evaporó el año pasado. La lista de la pauperización del trabajo de las mujeres y la entrada masiva de estas en la segunda ola del paro de la crisis se acompañan de una falta de paridad y de intentos de derribar la garantía de una interrupción del embarazo libre y gratuito.
DE LAS MUCHAS versiones de la decapitación de Holofernes, la de Artemisia es la que muestra una evidente complicidad entre la heroína y su doncella. Los avances históricos necesitan de la complicidad. Tal vez la falta de esa complicidad hacia las mujeres es el sorprendente vació en la campaña francesa, en los mítines, los debates y los programas electorales. Las mujeres pueden decantar una elección, pero los partidos parece que aún no se han dado cuenta de ello y desatienden los problemas propios de ellas. Las francesas tampoco encuadran un voto de género, a pesar de que el escándalo de Strauss-Kahn dejó a la vista de todo el mundo parte de la porquería escondida bajo la alfombra. Marianne necesita un nuevo rostro. El de una mujer de la calle.



